Mendigo por un día
Invisibles. Así es como se sienten los "sin techo" en la calle. Es la principal conclusión, tras pasar un día en la calle, mendigando. Pocos son los que miran a los ojos a un mendigo, los que se molestan en leer el típico cartelito de cartón, en el que explican su dramática situación. La mayoría de las personas se vuelven sordas y ciegas, cuando pasan al lado de un mendigo. Algunos, pocos, esbozan un gesto con la boca o encogen los hombros; otros niegan con la cabeza o dicen que no tienen dinero.
La primera prueba de cómo se reacciona ante un mendigo, la hago en un lugar por el que pasó habitualmente, una cafetería, una vez que ya me había caracterizado. Entró a comprar tabaco. El propietario, que siempre saludaba sonriente, no pudo reprimir la cara de asombro ante mi aspecto y las ojeras, debidamente exageradas con maquillaje. Sin embargo, no dice nada.
Ya en Oviedo, el primer punto de destino es la Iglesia de los Dominicos. Hay un funeral, por lo que considero que puede ser una buena piedra de toque para ver como reaccionan ante mi presencia. Extiendo una manta recortada, que me había preparado José Antonio Lobato, el actor de "Margen", que fue nuestro asesor de caracterización y también maquillador. Después, coloco el cartón con la leyenda que elegimos: "Soy español, viudo y con tres hijos. No tengo trabajo. Necesito ayuda. Gracias" y el platillo que me ha dejado Lobato, para echar las monedas. Depósito en él, algunos céntimos y una moneda de un euro.
Enseguida percibo mi nueva cualidad de invisible. Algunos de los vecinos del barrio, que me conocen desde hace años, pasan sin reconocerme, sin ni siquiera mirarme. Me coloco, en primer lugar, en la misma pared en la que está situada la entrada al colegio. Poco después, decido cambiarme y me sitúo en el lateral de la entrada a la Iglesia. Nadie me hace caso durante bastante tiempo. Después, una señora de edad avanzada me da una moneda de diez céntimos. A pesar del platillo, me la da en la mano, pero no me mira a la cara cuando lo hace. Es mi primera limosna.
Ya casi no pasa nadie y la cámara que me acompaña está en el Ayuntamiento, por lo que decido ir hacia ese lugar. Por el camino, me encuentro a "Rivi", el concejal del Ayuntamiento de Oviedo. No me mira y ni mucho menos me reconoce. Llego a la Plaza, localizo a la cámara y me sitúo en un lateral de la Iglesia de San Isidoro. Coloco el cartel y la manta y me siento. Es día de mercado en El Fontán y hay mucha gente que pasa, en una y otra dirección, además de los fieles que entran en la Iglesia.
Vuelvo a percibir esa sensación de invisibilidad, por lo que decido hacerme oír: "Una limosna, por caridad". Descubro que no sólo nadie es capaz de verme, sino que también son incapaces de oírme. Una señora baja las escaleras desde el interior de la Iglesia, agarrada al pasamanos, por lo que llega justo al lugar en el que estoy sentado. Me da una moneda de diez céntimos, la misma cantidad que me dio la señora en la Iglesia de los Dominicos. Debe ser la limosna "standard".
Decido desplazarme hasta el Ayuntamiento, para preguntar lugares para comer y dormir. Entro y me recibe un funcionario, que se levanta de la silla y me pregunta que deseo en cuanto me ve llegar. Enseguida me habla de la "cocina económica" y de la Casa de Acogida Cano Mata Vigil, un albergue de transeúntes en San Lazaro. Le pregunto donde están ubicados y, con gran amabilidad, sale a la calle conmigo para indicarme como llegar a ambos lugares. Me sorprende gratamente.
Una de las preocupaciones, era como reaccionarían ante mi presencia los miembros de la Policía Municipal, si me tratarían bien. Había algunos en los alrededores del Ayuntamiento, pero ninguno se dirige a mi. Decido probar suerte y le pido un cigarrillo a una Policía que se encontraba en los soportales del Consistorio. Me lo niega con un gesto de desprecio, pero nada más.
Vuelvo a situarme en la Plaza, pero cambio de ubicación y me sitúo en la esquina que da a la calle que desemboca en la parte alta del Campillín. Al sentarme, primer sobresalto: se me cae la grabadora, que recojo apresuradamente, mientras miro a todas partes, por si alguien se ha percatado del accidente. Es inútil: sigo siendo invisible e inaudible. Enfrente, la cámara, aguanta la carcajada a duras penas. Yo también agacho la cabeza para tratar de disimular la risa...
Son casi las dos de la tarde y es hora de comer, por lo que decidimos tomar rumbo a la cocina económica. La dificultad está en que no pueden vernos juntos a la cámara y a mi, para no ser descubiertos. Ella se acerca y me da una moneda de cinco céntimos (¡tacaña!) y un papel. Le doy las gracias y después, disimuladamente, leo el papel: "sígueme a una cafetería, tengo que ponerte un micrófono". Me levanto y vamos a un bar cercano, primero ella, después yo. Tomamos una coca-cola cada uno y me pongo el micrófono.
Tomamos rumbo a la cocina económica, por separado. Cuando estamos a punto de salir de la Plaza, nos encontramos a un "mimo", pidiendo con una especie de tazón. Me mira de arriba a abajo. Me doy cuenta de que no le gusta en absoluto mi presencia. La competencia, siempre la competencia. También aquí.
Llevó el micrófono encendido, para que la cámara pueda escucharme y sepa si me voy a quedar a comer en la "Cocina económica" o no y, además, por si ocurre algo. Le doy tiempo a qué llegue allí y disimule, como si estuviera filmando edificios.
"¿PARA COMER? VETE A CUALQUIER IGLESIA O A UN BAR"
Cuando llego, hay un gran número de indigentes sentados en los alrededores, al sol. Se nota que acaban de comer. Dos de ellos, "trapichean". Uno quiere venderle a otro un móvil y alguna cosa más. Deduzco que es material robado. No se ponen de acuerdo. Les pregunto donde está la entrada de la cocina económica. Me lo indican, sin prestarme mucha atención.
Entro al jardín y me recibe un señor que me dice que ya han cerrado y que el horario de comidas es de una a dos menos cuarto de la tarde. Salgo y vuelvo a encontrarme a los que antes "trapicheaban". Les pregunto sí hay algún sitio donde pueda ir a comer. Uno de ellos me dice que vaya a cualquier iglesia y que se lo diga al cura o sino a un bar: "seguro que te dan de comer". Se vuelve de nuevo hacía el compañero y reinicia el "trapicheo", sin prestarme más atención.
"GITANO" JIMENEZ, VALLEDOR Y "RIVI"
Ahora tomamos rumbo hacia El Fontán. La cámara va delante, una vez más. Yo le doy tiempo. Entro en El Fontán y me encuentro, el primero, a Antonio "Gitano" Jimenez. Me mira un momento, cuando estoy a unos cinco metros de él, pero enseguida se da la vuelta y continúa hablando y bromeando con unos comprandes. Se va antes de que llegue a su altura. Supongo que mi figura le resulta familiar, pero que sí se le pasó mi nombre por la cabeza, descartó inmediatamente la idea. Será divertido mi próximo encuentro con él. Con anterioridad, me había encontrado también a García Valledor, tampoco me reconoció. El Ex Consejero ni siquiera me miró, lo mismo que me había ocurrido con "Rivi". Sonrío con disimulo...
LA BRONCA POR LA PENSIÓN Y EL CORAZÓN DE UNA NIÑA
En El Fontán, me sitúo al lado de la puerta de la biblioteca. De nuevo vuelvo a ser invisible e inaudible. Después de mucho tiempo, una señora se acerca y me pregunta, indignada: "¿que ye, ho, que tu no tienes pensión?", en alusión a la condición de viudo, que pongo en el cartel. Le digo que no. Ella levanta la voz, cada vez más indignada "¡Pues tienes que tener pensión! ¿oíste? Vete al Ayuntamientu y pídela, que tienen que datela ¡pa eso pagamos nosotros tantu dinero, para da-yos a los que no tienen!". "¿Y me la darán, seguro?" le pregunto. "¡Tienen que dátela! ¡Vete a Servicios Sociales!". Le doy las gracias y le digo que lo haré...
En El Fontán viví quizá el momento más emotivo de la jornada. Una niña de unos diez o doce años, morenita, muy guapa, se me acerca y lee con atención el cartel que llevo. En su cara se refleja preocupación y tristeza. Me enternece su gesto y su preocupación. Se ve que tiene un gran corazón. Después, se va hacia uno de los puestos, deduzco que debe ser hija de uno de ellos. Mi sorpresa fue mayúscula cuando, poco después, regresó y me dio un euro. Me quedé petrificado: sólo pude balbucear un gracias apenas perceptible. Estaba asombrado y emocionado, con un nudo en la garganta: ¡que corazón, el de esa niña!
El dueño de uno de los puestos se me acerca y me dice que "ahí estás mal, van a empezar a venir las furgonetas para recoger". Me levantó y cambio de ubicación, hacía los soportales que están en la esquina que sube hacia Quintana. Continúo siendo invisible e inaudible, por más que me desgañite...
Decidimos cambiar de ubicación. La próxima será en plena Calle Uria y al lado de la mismísima puerta de "El Corte Inglés". Primero me pongo haciendo esquina con la calle Gil de Jaz, pero después opto por irme a la puerta principal. Una de las empleadas me mira. Temo que vaya a avisar a alguien de seguridad, para que me eche de allí, pero no ocurre nada de eso. Dos patrullas de la Policía Nacional y otra de la Policía Municipal se detienen ante un semáforo situado justo enfrente de mi, me miran, pero no dicen nada. El comportamiento de la Policía, que tanto temía, es impecable conmigo.
"EL CORTE INGLÉS": UNA BUENA ESQUINA
Enseguida empiezan a darme limosnas. Sin duda, la calle Uria y las inmediaciones de "El Corte Inglés" son el mejor sitio de Oviedo para pedir limosna. Tampoco me encuentro allí a ningún otro mendigo, lo que me sorprende. En realidad no he tenido ningún otro mendigo pidiendo a mi lado hasta ese momento, excepto en el caso del mimo de la Plaza del Ayuntamiento. Esa era otra posibilidad de conflicto.
Se acerca una pareja joven. Ella me mira desde bastantes metros antes de llegar a mi altura y empieza a sacar la cartera. Me da un euro y algunos céntimos. Se les nota enamorados y eso siempre ayuda a ser generoso. Les doy las gracias con una sonrisa de simpatía. Enfrente, la cámara ya no sabe como disimular. Tiene la cámara enchufada y en el suelo, desde la que me está filmando y con la otra, la de fotos, combina las fotos que me tira con enfocar edificios para disimular, pero todo el mundo está pendiente de ella y cada vez se le hace más difícil... Decido cambiar de ubicación, hasta la Iglesia de San Juan, para acabar con sus tribulaciones...
Llegó a la Iglesia de San Juan y me instalo. No hay nadie en sus inmediaciones y, aunque hay una esquela junto a la puerta, no hay ningún oficio religioso. Decido ponerme en la calle, sin entrar en el recinto que rodea la Iglesia y aprovechar el flujo que cruza desde Uria hasta la parte de arriba de "Hipercor". La cámara se sitúa, durante un buen rato, junto al semáforo, tomando imágenes desde allí, simulando que espera para cruzar la calle. Al final, no tiene más remedio que cruzar. Se sitúa frente a mi y vuelve a disimular con los edificios.
UNAS COPAS DE MÁS, RENFE E HIPERCOR
De pronto se acerca un señor, da la impresión de haber tomado alguna que otra copa. Me pregunta sí por allí va bien para la Renfe. Le explico que es mejor que vaya hasta la Calle Uria y después siga recto hasta la Estación. Me dice que sí por donde va no puede llegar a la misma y le digo que sí, pero que va a dar un rodeo enorme. Entonces me explica que, en realidad, no quiere ir a la Renfe sino a "Hipercor". Le indico donde está y él, agradecido, me tira una moneda de cinco céntimos al plato. Cae fuera y me pide que la recoja, porque él tiene muy mala puntería. Después, me hizo un gesto con el dedo pulgar hacia arriba y me dijo: "Llévalo bien". "Tu también -le respondí-, tu también..."
LA CASA DE ACOGIDA CANO MATA VIGIL ATENDERÁ A CASI 3.000 PERSONAS ESTE AÑO Y LA COCINA ECONÓMICA DA CASI 70.000 COMIDAS ANUALE
La Casa de Acogida Cano Mata Vigil, albergue de transeúntes de Oviedo, lleva atendidos, en lo que va de año, a 1.124 personas, entre transeúntes, sin techo, inmigrantes y necesitados, por lo que esperan atender, durante todo el año, a más de 3.000 personas. Por su parte, la Cocina Económica da de comer y cena a alrededor de 220 personas diariamente, por lo que a final de año, está previsto que se dan cerca de 70.000 comidas.
Las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul son las hermanas que se encargan de ambas instituciones. Hace dos años obtuvieron el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia. Cinco hermanas atienden la "Cocina Económica", junto a un grupo de 80 voluntarios, repartidos entre comidas y cenas, de lunes a domingo, ya que se abre todos los días, excepto los domingos por la noche, aunque se les da, a mediodía, una bolsa con comida suficiente para la cena.
En el Centro de Acogida o Albergue de transeúntes hay ocho hermanas y nueve empleados. Este Centro pertenece al Principado de Asturias, tiene una subvención del Ayuntamiento de Oviedo y es Caritas quien se encarga de cobrar dicha subvención y pagar al Centro de Acogida.
En la "Cocina Económica", los necesitados pueden comer gratuitamente, aunque normalmente se les cobra 50 céntimos por comida. En caso de que no tengan dinero se les da la comida igualmente. El horario de comida es de una de la tarde a dos menos cuarto y el de la cena, de ocho de la tarde a ocho y media. En caso de que alguien llegue justo a las dos menos cuarto y las ocho y media de la tarde, también se les da de comer. En algunos casos, se les espera porque se sabe que es por una causa justificable.
En el Albergue, los necesitados pasan una media de entre tres y cinco días allí. Pueden estar más días, en el caso de que tengan trabajo y hasta que cobren el primer sueldo y busquen una pensión. También cuando alguien está a la espera de una plaza en una residencia. Cuando están más tiempo, existe un taller ocupacional de carpintería, con un monitor, en el que hacen algún trabajo.
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