Criminalidad en plenilunio
Algunos medios de comunicación se vienen haciendo eco del alto índice de delitos y pugnas acaecidos durante la noche con resultado de muerte, coincidiendo, paradójicamente, con la fase de luna llena. Pero, ¿qué hay de creíble y riguroso en todo este tema? Veamos.
Acusados de envenenamiento durante una cena con plenilunio, los ardorosos amantes Paulina y Eduardo (ella asturiana, él leonés) siempre lo negaron con firmeza. Un 16 de julio de mediados del siglo pasado, o sea, hace casi nada, Paulina solicitó al juez un careo con el otro imputado. La mujer conmovió el corazón de su compañero de forma tan apasionada que éste, después de oponer un ápice final de resistencia, confirmó que por amor a Paulina iba a declarar la verdad en tan señalada fecha, exculpando a la decidida dama que, al parecer, no había participado en la fatal intoxicación del consorte que descansaba despreocupadamente en el camposanto.
Esta disposición a confesar, que le llevó a ser uno de los clientes postreros del popular garrote vil, se podría explicar quizá por un acceso depresivo, propio de ciertos momentos por los que atraviesa el ser humano sujeto a presiones y a lo que en criminología se denomina como "espacios, ritmos y ciclos críticos". Sin embargo, la transgresión homicida que motivó tan celtíbero ajusticiamiento tuvo el inconfundible sello del cambio lunar.
Ya más recientemente, y con motivo de la publicación de mi libro "El esclavo mundo de las drogas", realicé múltiples entrevistas, algunas inéditas, a ciudadanos que habían cometido delitos contra la salud pública (tráfico de drogas), y que en muchos casos estuvieron ingresados en prisión. Varios reconocieron que en momentos determinados, coincidiendo con fechas señaladas en el acontecer de la vida, su estado de ánimo se alteraba en horas nocturnas. Una reacción lógica donde las haya.
Periodos difíciles y de depresión se producen en ciertos reclusos y particularmente en aquellos para los que la privación de libertad no terminará pronto. "Me asaltó por vez primera la desazón vital en el anochecer de un maldito día de luna llena del mes de enero. Era el santo de mi hijo al que pronto dejaré huérfano; tengo desarrollado el Sida. Cuando cayó la oscuridad y me eché en la litera de la celda dirigí la mirada al maldito techo; en esos momentos la desesperación se apoderó de mi mente y también de mi alma. Tuve que pedir al funcionario que me trasladara a la enfermería y me doparan. No podía soportar la angustia. Tenía miedo de matar a alguien". Este es el relato que con todo lujo de detalle revelaba el joven presidiario y toxicómano que murió al poco tiempo de salir de la cárcel, cumpliéndose así su pronóstico fatalista.
Hombres, animales y plantas están sometidos al influjo cíclico, no sólo de fechas y acontecimientos relevantes, sino de otras fuerzas que provocan en ellos las más diversas reacciones. Temperatura, presión atmosférica, humedad, irradiaciones de luz u otros elementos ejercen una poderosa influencia sobre los seres vivos. A estas vicisitudes se acomodan las funciones psíquicas y el ritmo que acelera o frena los trastornos. Los seres nocturnos, en contraposición, suelen tener otra cadencia y subsisten por el hecho de que la presa que se ha retirado a dormir se desarma de la agudeza de sus sentidos de alerta y defensa en el momento del forzoso y reparador descanso.
Resulta conocido entre los estudiosos del fenómeno que la lechuza como animal nocturno piensa de manera diametralmente opuesta a la del hombre. Para éste es la noche un período de especial peligro, de impotencia, de ceguera y, como describe en sus versos Odracir Zagam, de "caducidad y ocaso". Para los pueblos antiguos la noche era la madrastra del día y, de acuerdo con sus creencias, hija del caos en cuyo seno se criaba la luz y después el necesario amanecer. Radiante y enardecedor aparecía, por el contrario, el carro del día sobre el cielo. Para los griegos el día era bueno, afortunado y resplandeciente, en oposición a la tenebrosidad siniestra de la noche. El día claro acercaba al júbilo y a la alegría vital. La noche era sinónimo de cautela y expiración.
El pensamiento de que los malos espíritus vagaban durante la oscuridad por las aldeas y que ésta era favorable a los sortilegios dañinos llevó en la época de los astures y luego de los romanos a castigar más gravemente al ladrón nocturno. El tabú que imperaba acerca de la parte nebulosa de la jornada se manifestaba también en el cumplimiento de la pena: no podía ejecutarse a un reo en día considerado festivo o en horas nocturnas. De acuerdo con el viejo derecho romano, determinados malhechores eran enterrados en las peores encrucijadas de los caminos como castigo adicional por haber cometido sus delitos en momentos de la noche. De esta manera se pretendía agudizar el reproche social al infractor por el carácter "desleal" de su acción punible.
Lo que con toda probabilidad no supieran con la certeza de nuestros tiempos, tanto astures como romanos y otros pueblos, es la verdadera causa por la que los actos violentos se ven incrementados en las inquietantes noches de luna llena o plenilunio. Está científicamente demostrado que, al igual que ocurre con las mareas de los océanos, los fluidos de las personas se ven alterados con los cambios lunares, perturbando de esta manera el normal comportamiento en algunos individuos que son objeto de profundas, instintivas e involuntarias tensiones. Las estadísticas de los cuerpos policiales son fieles notarios que dejan escaso margen de duda.
En lo que concierne a España es sobradamente conocido que los diferentes códigos penales que a lo largo de los siglos vienen estando en vigor, agravan la pena si el delito ha sido cometido con nocturnidad. En cualquier caso, aquellos que por vocación, profesión u otros motivos afanamos en el árido campo de la fenomenología criminal y sus ramas (incluida, por qué no, la novela negra) sabemos que la violencia no deja de tener cierto parentesco con el miedo y que la justicia, la punición y la conciencia del peligro constituyen buena parte de la seguridad. Dictamina rectae rationis.
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