Buenos propósitos
Con el cambio de año resulta habitual el ejercicio voluntarista de pretender cambiar en nuestras vidas aquellas cosas con las que menos satisfechos estamos. Así, es habitual la inscripción en gimnasios, el inicio de dietas alimenticias, la matriculación en cursos de idiomas, la búsqueda activa de un empleo mejor, etcétera. Todo esto durante unas semanas, justo antes de volver a caer en la desidia habitual del curro - casa - televisión y poquito más.
Evidentemente, estos buenos propósitos son rigurosamente individuales y no afectan ni a gobiernos ni a corporaciones u organismos dotados de toma de decisiones (léase empresariado o judicatura, por ejemplo), ya que ello implicaría la asunción de que lo hecho hasta entonces es perfectible, algo que no están dispuestos a reconocer estos prebostes que con sus buenos oficios siempre nos sitúan en el mejor de los escenarios posibles y sin los cuáles estaríamos abocados a una existencia vesánica.
Por eso el ejemplar empresario Díaz Ferrán continúa al frente de la CEOE, entre las alabanzas o el silencio cómplice de sus asociados. Parece justo que el hombre que tenía la solución a todos los males que asolaban el país (el de ¡Vamos Mariano, estamos contigo! y la sintonía total con las recetas anticrisis del PP) no sea sometido a un auto de fe por un quítame allá esas pajas de 600 tíos en la calle y unos cuantos miles de pasajeros encabronados.
Por eso una jueza, en riguroso cumplimiento de nuestra sacrosanta Constitución y de nuestro inmaculado sistema jurídico, multa al alcalde de Seseña por injurias a ese benefactor de la Humanidad apodado El Pocero.
Por eso los servicios secretos policiales del país más poderoso del mundo se permiten utilizar los rasgos físicos de un dirigente de una organización política de izquierdas, representante electo de centenares de miles de españoles, para configurar el retrato-robot del terrorista más buscado del planeta.
Por eso una vulgar pelea de madrugada entre borrachuzos, cómo las que hay a cientos todos los fines de semana, se convierte en un inaceptable ataque a la libertad de expresión si en ella se ve inmerso el director de los servicios (des)informativos de TeleMadrid.
Por eso en Cuba 26 enfermos mueren de frío en un hospital psiquiátrico, mientras un régimen político que priva de libertades a sus ciudadanos presume de tener uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo.
Y por eso, y todo lo anterior, claro está, se queda en simple broma o anécdota más o menos desagradable, Haití seguirá siendo dentro de 5 o 10 años el país más pobre de América, entre la indiferencia de potencias que no ven en él ningún interés crematístico por no ser susceptible de expolio natural, ni tampoco ningún peligro de irradiación de las nocivas doctrinas marxistas a sus vecinos más próximos. Doscientos mil muertos y la mayor catástrofe humana que han conocido los tiempos recientes dan para lo que dan: Una oleada de solidaridad acotada en el tiempo, con fecha de caducidad, más efímera incluso que esos buenos propósitos a los que antes aludíamos.
Bueno, también dan para que el obispo Munilla nos ilustre acerca de los verdaderos males del mundo, que, cómo deberíamos saber, tienen que ver con lo espiritual y los asuntos de bragueta y no con otras pequeñeces.
Ah, se me olvidaba. Feliz 2010.
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