El mundo, colgado de unos pinceles
Carlos Sierra Cueto es ya un personaje universal. Este prestigioso pintor asturiano nació en barrio lierense de Sorrobín y compartió infancia con muchos de los actuales vecinos de la localidad y también la Escuela de Don Avelino y también el escenario de juegos; desde el Monte Cerráu hasta la orilla del río, todo el entorno lierense era un inmenso parque recreativo.
Carlos se dispara siempre. Su vida es, ha sido y será siempre tan intensa como su verbo: piensa como siente y vive como piensa. A golpes de genio y de ingenio. Ese es Carlos Sierra Cueto (Sorrobín, Lieres, 6 de abril de 1943). Con él, jamás nos aburrimos: es sencillamente imposible. Con él, los escenarios, las vivencias, las experiencias e incluso aquella España en blanco y negro, se llena de colores, aromas y sensaciones.
Va dibujando, trazando imaginarios cuadros, en los que puedes ver a la Guardia Civil caminera por las calles de Lieres, a los malhumorados mineros -"¡oye, chaval, que te capo...!"- que venían a trabajar a Solvay, caminando desde Sariego, Nava..., los sobresaltos que las travesuras infantiles producían a las mujeres, los partidos de fútbol por los prados, los "asaltos" a los frutales...
Y aquello de la bomba atómica, que traía a todo a mal traer por aquellos tiempos y es que Carlos tenía la fortuna de contar con una de las primeras radios que había en el pueblo, que trajo su padre y en la que contaban todas aquellas cosas inquietantes que los niños se tomaban como parte del juego. También estaban los restos de la Guerra que había asolado la parroquia: las balas que quedaban esparcidas por el paisaje, las vainillas...
Y bajar a la escuela, por los charcos, por los prados, con las madreñas. Se para y Memé le dice "bajaba a la Escuela de frente y subía culo atrás...", agotando los últimos juegos. También los sonidos de los gritos de los trabajadores, el sonido de la gaita, el jolgorio de las fiestas -sobre todo, La Salud-, cuando venían a la Estación montones de gente.
Y recuerda cual fue su primer caballete: "los azulejos de mi madre" . Y es que Carlos pintaba en cualquier sitio, pero su primer utensilio fue un lápiz que le trajo su padre, que le pintaba caballos y le descubrió un mundo mágico.
Su primer acercamiento a la pintura eran los botes que se quedaban abandonados con un poco de pintura seca, al que él le aplicaba el correspondiente aguarrás. El papel lo cogía de los envoltorios de botes y demás productos. Entonces había poco papel: el de avión, que era para escribir y para casos ya de cierta importancia y después, de de estraza, que era bastante torpe, como es notorio. También descubrió pronto el cine, sobre todo cuando se fue a la Pola, a estudiar.
En la Pola hizo una amistad que sería clave en esos años: el hijo de "Casa Justa", donde se quedaba a comer de vez en cuando. "Coger el tren en Lieres, que llegaba cuando llegaba, era toda una aventura diaria..." El cine era un referente y también el dibujar, algo que hacía a todas horas y sobre cualquier superficie. Allí encontró a uno de los trabajadores, que le empezó a animar, un soldador, al que le gustaba la opera. Se llamaba "Ramonzón" y le ponía a Vivaldi. Después, iba al cine a ver "Rebelde sin causa" o "Al Este del Edén", de James Dean. Carlos recuerda esa época de una forma que le recuerda al Fellini de "Amarcord".
En aquella época hubo otra cosa que habría de marcar su destino: Casimiro Baragaña, que entonces estudiaba en Madrid, había sido becado en Roma. A su vuelta, pintó la Iglesia de la Pola. "Aquello me impresionó de tal manera, que me pasaba tardes enteras viendo pintar los frescos. Es fantástico, porque ves como el fresco se seca y la pintura queda ahí. Es eterna". Fue precisamente "Ramonzón" el que le enseñó unos dibujos suyos a Baragaña, lo que inició una gran relación entre ambos.
Carlos dibujaba mucho, pero aún no hacía cuadros. Se inició cuando el cura que daba clases allí le dio unos oleos y le dijo que pintara. Ahí, Carlos ya tenía claro lo que quería hacer, aunque eso se lo ocultara a sus padres, que querían que su hijo estudiara magisterio. Carlos callaba, pero sus ideas iban por otro lado.
En la Pola había un concurso de dibujo que promovía el Seminario de Oviedo, "yo empecé a hacer dibujos, Baragaño los vio un cogió uno que era de un cura que estaba leyendo el breviario en un banco, él lo cogió y mandó ese dibujo. Me dieron el premio".
Y llegó Oviedo. Otro mundo. Baragaño le dijo que podía hacer algo en el periódico y le envió a ver al Redactor Jefe de "La Nueva España", José Ramón Pérez de las Clotas. "Yo tenía una "pinta" increíble, porque entonces imitaba a Dalí e iba con una carpeta llena de dibujos. Él los miró y me envió a ver a los de Brun Publicidad. Miró los dibujos y a mitad de la carpeta ya dejó de hacerlo y me preguntó cuanto quería ganar..."
Lo que le daban en Brun -3.000 pesetas, de las de entonces...- era una fortuna para la época. Le enviaron a una pensión en la Calle Covadonga -"que entonces era como el Bronx"- y le dieron algo de dinero para que se comprara algo. Se compró una gabardina, una trinchera, de esas que llegaban hasta los tobillos. El pelo largo... Carlos se interesaba entonces por la filosofía, Sartre, el existencialismo, pasaba horas en la biblioteca; también el cine y la canción franceses.
En Brun duró poco: "llegó alguien por allí que trabajaba con ellos, me echó el ojo y me ofreció 3.500 pesetas. Me fui con él". Allí hizo de todo: diseños, por ejemplo de la Feria de Muestras, que entonces estaba en Fernández Ladreda, en un local muy pequeño; escaparates, publicidad. También hizo diseño de cerámica: "yo hacá dibujos del diseño, porque no sabía utilizar el torno, pero uno de los trabajadores no se creía que se pudiera hacer aquello que yo dibujaba. Fue toda una experiencia".
Pero Carlos era un "culo de mal asiento", de modo que llegó otro, que era de Publicidad Salas y le propuso irse a Publicidad Salas, tenía que irse a Madrid. Allí descubrió otro mundo: el Museo del Prado, en el que se pasaba horas y horas, en cuanto tenía la menor ocasión. "Yo tenía 17 años..." Pero lo suyo, estaba claro, no era lo de quedarse mucho tiempo en ningún sitio: "el de Salas se independizó y nos cogió a otros dos dibujantes y a mi". Pero también eso se terminó: "un día me dije: se acabó. Me voy a Paris. En mi cabeza estaba Tolouse Lautrec, la bohemia... ellos no querían que me fuera y me enviaron como de vacaciones, haciéndome prometerles que, al volver, volvería a la empresa..."
Llegó a Paris con 19 años. Fue en autostop. Era la época de Brigitte Bardot, de Alain Delón, Jean Paul Sastre, Cannes, los hippies... "Me fui de cabeza a Montmatre y para divertirme a Pigalle. Hacía dibujos y no se me daba mal el tema comercial, cuando veía que ya tenía suficiente dinero para pasar una época, recogía los bártulos y a vivir, a visitar el Louvre. Entonces Paris era una romería, estaba Edith Piaff, a cuyo entierro asistí; Buñuel, los libros..." Cinco años estuvo en Paris, "con una interrupción, a los 23 para ir a la "mili", que me tocó en Sidi Ifni".
Y volvió a Lieres, por algo que no podía imaginar. "En Oviedo, conocí a una chica que era como una aparición de novela, así es que me quedé por un amor romántico y que culminó como todos los amores románticos, con ruptura dura, con dolor, convulsión... Duró tres años".
Pero, como siempre, "un clavo saca otro clavo", y la traumática ruptura se olvidó pronto, gracias a la irrupción de otra mujer en su vida. "Fue como una mujer surgiendo del lago y fue aquí, en Lieres, en La Salud. Ella fue la madre de mi hija y me casé con ella en la Capilla del Agua de Lieres, dos años después".
En medio, un proyecto que los lierenses conocen muy bien: la obra de la Capilla del Agua, en la que participó todo el pueblo, aportando cada uno lo que podía y en la que el pintor participó pintando sus frescos, una obra que está catalogada por el pintor...
Pero nada más llegar a España, el éxito ya le sonrió. Exposiciones, premios y el reconocimiento de un pintor que regresó como aire fresco para el arte español, el aire fresco que había traido de Paris. Logró el Premio Nacional de Barcelona, que le permitió conocer la Ciudad Condal -que le enamoró- y a Gaudi... Entre las exposiciones, destaca la que hizo en la Sala Cultural de Oviedo. El entonces Gobernador Civil, Mateu de Ros, adquirió dos cuadros suyos para el Ayuntamiento y algunos más para su casa.
Vuelve a Paris, en visitas más cortas y contacta con Orlando Pelayo, que vivía cerca del Sena y cuya amistad cultivó durante años. Vuelve a Oviedo y hace una exposición en el Ateneo de Gijón y en el de Oviedo, donde coincide con Javier Villanueva, otro lierense famoso, enfrascado ya en el mundo del teatro y en aquellos tiempos en los que todo estaba cambiando, tan difíciles como apasionantes.
Después, vinieron otras historias, otros éxitos y reconocimientos, otras vivencias. Pero son eso: otras historias. Las que nos interesaban, esos primeros años de Lieres y su irrupción -ruidosa, no podía ser menos- en el mundo en general y en el del arte, en particular.
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